Supongo que es por pereza que el mundo se asemeja de un día a otro. Parecía como si hoy quisiera cambiar. Y entonces todo, todo podía suceder.
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Sartre, Jean-Paul, La Náusea
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La
litera
tura
es la consecuencia de una hipocresía legendaria. Si el hombre tuviese el coraje de decir la verdad en el instante en que la siente y frente al que se la inspira o provoca (al hablar, por ejemplo; al mirar, por ejemplo; al humillarse, por ejemplo) pues es en ese preciso instante que siente cuando padece o se inspira; si tuviese el coraje de decir lo que es, lo que siente, lo que odia, lo que desea, sin tener que escudarse en un acertijo de palabras guardadas para más tarde; si tuviese la valentía de expresar sus desgracias como expresa la necesidad de tomarse un refresco, no hubiese tenido que refugiarse, ampararse, justificarse, tras la confesión secreta, desgarradora y falsa que es siempre un libro. Se ha perdido -¿existió alguna vez?- la sinceridad de decir de voz a voz.
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Arenas, Reinaldo, Otra vez el mar
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Acaso en mi interior resida un ser vulgar, totalmente vulgar. O tal vez por mis venas corra sangre azul. No lo sé. Pero de algo estoy seguro: el día de mañana seré un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola. De viejo me veré obligado a servir a jóvenes palurdos jactanciosos y maleducados, o bien pediré limosna, o sucumbiré.
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Walser, Robert, Jakob von Guten
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¿Y titubearás y protestarás de morir, tú, que, aunque vivo y con los ojos abiertos dispones de una vida que es ya casi muerte, que derrochas la mayor parte de tu existencia en dormir y, cuando estás despierto, roncas y sigues viendo ensueños y sufres en estado de ánimo angustiado entre vanos temores, que tantas veces no puedes hallar qué mal tienes delante cuando borracho te sientes abrumado, pobre mío, por preocupaciones de toda clase y con el alma sin tino, zarandeado, vas de acá para allá en tu extravío?
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Lucrecio, La Naturaleza
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Le parecía ver al universo entero asolado por el azote terrible de una peste inaudita y jamás vista, procedente de las profundidades de Asia. Todos debían perecer, excepto un reducidísimo número de privilegiados. Había aparecido una triquina desconocida, un ser microscópico que se instalaba en el cuerpo de los hombres. Pero aquellos minúsculos seres eran espíritus dotados de inteligencia y de voluntad: los individuos atacados por ellos se convertían en locos al instante. Sin embargo, cosa extraña, ningún hombre se juzgaba tan inquebrantable en sus juicios, en sus conclusiones científicas, en sus convicciones morales y en sus creencias como aquellos individuos. Aglomeraciones enteras, ciudades y pueblos estaban azotados por el contagio y perdían la razón. Todos estaban alarmados y no se comprendían entre sí. Cada cual creía poseer sólo la verdad, y al observar a su semejante se entristecía, se golpeaba el pecho, lloraba y se retorcía las manos. No podían entenderse acerca del bien y del mal; no se sabía qué condenar ni qué absolver. Los hombres se agredían mutuamente, en una especie de cólera insensata. Andaban unos juntos a otros, formando ejércitos enteros, pero estos ejércitos, una vez comenzada la campaña, se destruían a sí mismos, las filas se desorganizaban, los guerreros se lanzaban unos contra otros, se degollaban, se estrangulaban, se mordían y se devoraban. En las ciudades sonaba el continuo toque de rebato; los ciudadanos se reunían, mas, ¿para qué aquella alarma? ¿Con qué propósito? Nadie lo sabía, pero todo el mundo estaba inquieto. Se abandonaban los más ordinarios oficios, porque cada cual proponía sus ideas, sus reformas, y nadie se ponía de acuerdo; la agricultura quedó también abandonada. Aquí y allá, la gente se reunía en grupos, convenían una acción común y juraban no separarse; pero un instante después, olvidaban la resolución que habían tomado y comenzaban a acusarse mutuamente, a pegarse y a matarse. Se declararon incendios, y el hambre se extendió. Todo estaba destinado a perecer. La calamidad crecía y se extendía cada vez más. En todo el universo no pudieron salvarse más que unos cuantos individuos; eran los puros y los elegidos, los destinados a engendrar una nueva raza de hombres y una nueva vida, a renovar y purificar la tierra; pero nadie había visto nunca a aquellos hombres, nadie había oído sus palabras ni su voz.
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Dostoyevski, Fiódor M., Crimen y castigo
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No; la vida no me ha sido dada más que una sola vez; no quiero esperar la felicidad universal. Quiero vivir yo mismo, porque de otro modo, hubiera sido mejor no vivir. Pues bien, ¿qué? Simplemente, no he querido pasar delante de una madre hambrienta, apretando mi rublo en el bolsillo, con el pretexto de que un día llegará la felicidad universal. Aporto mi pequeña piedra a la felicidad universal, y por eso, poseo la tranquilidad de corazón. ¡Ja, ja! ¿Por qué os habéis olvidado de mí? Yo no tengo una vida más que para vivirla, y también yo quiero… Ay, también soy un gusanillo estético, y nada más que eso -añadió estallando en carcajadas, como un loco-.
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Dostoyevski, Fiódor M., Crimen y castigo
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-Sergio -decía con voz entrecortada-, ¿sientes bien el instrumento que, no satisfecho con haberte engendrado, ha asumido además la tarea de hacer de ti un joven perfecto? Recuerda que Sodoma es un símbolo civilizador. La homosexualidad hubiera hecho a los hombres semejantes a los dioses y todas las desgracias nacen de ese deseo que los distintos sexos pretenden tener uno del otro. En la actualidad sólo hay un medio para salvar a la desgraciada y santa Rusia, y es que, pedófilos, los hombres profesen definitivamente el amor socrático; mientras habrá que mandar a las mujeres a la roca de Léucade para que tomen lecciones de safismo.
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Apollinaire, Guillaume, Las once mil vergas
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Tengo la disposición más apacible que se pueda imaginar. Mis deseos son: una modesta choza, un techo de paja; pero buena cama, buena mesa, manteca y leche bien frescas, unas flores ante la ventana, algunos árboles hermosos ante la puerta, y si el buen Dios quiere hacerme completamente feliz, me concederá la alegría de ver colgados de estos árboles a unos seis o siete de mis enemigos. Con el corazón enternecido les perdonaré antes de su muerte todas las iniquidades que me hicieron sufrir en vida. Es cierto: se debe perdonar a los enemigos, pero no antes de su ejecución.
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Heinrich Heine en Freud, Sigmund, El malestar en la cultura
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Me he soñado en vidas muy agradables; mi mente, deseosa de complacerme, me ha confeccionado a la medida aventuras gloriosas o encantadoras. Lo que más entristece es que -se me ocurre a veces- la mayoría de esas creaciones se olvidan totalmente a pesar de que componen todo mi concierto espiritual pasado. Ni siquiera sé ya que existieron, y si me sucede ahora soñar con una de esas vidas, creo que es nueva, me embarco sobre mi tema, navego sin recordar que hace diez años me embarqué sobre el mismo y se hundió en el mar del olvido. ¿Qué monstruos prosiguen su vida en mis profundidades? Sus exhalaciones, sus excrementos, su descomposición sirven quizá para que florezca en mi superficie algún horror o belleza que adivino, suscitado por ellos. Reconozco su influencia, el encanto de sus dramas de folletín. Mi mente sigue produciendo bellas quimeras, pero hasta hoy ninguna de ellas ha tomado cuerpo. Nunca. Ni una sola vez. Ahora, basta con que emprenda un ensueño: se me seca la garganta, la desesperación me quema los ojos, la vergüenza me hace agachar la cabeza, y el ensueño se quiebra de golpe. Sé que se me escapa una dicha posible, y que se me escapa porque la he soñado.
El abatimiento subsiguiente me convierte en alguien parecido al náufrago que, al ver una vela, se cree salvado y de repente recuerda que el cristal de su catalejo tiene un defecto, algo de vaho: esa vela que había divisado.
Pero, entonces, lo que no he soñado nunca sigue siendo asequible, y como nunca he soñado con desgracias, sólo me quedan desgracias por vivir. Y desgracias hasta morir, porque me he soñado muertes espléndidas en la guerra, como héroe, en otras partes cubierto de honores, nunca en el cadalso. Así pues, me queda.
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Genet, Jean, Nuestra señora de las flores
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Podría yo, lo mismo que ella a mí, confiar en que ese desprecio que soporto sonriendo o riendo a carcajadas, no es aún -¿llegará a serlo algún día?- desprecio del desprecio, sino que para no ser ridículo, para que no me envilezca nada ni nadie, me he puesto a mí mismo por debajo del mismísimo suelo. No podía hacer otra cosa. Si anuncio que soy una vieja puta, nadie puede agregar nada, y con ello desaliento al insulto. No me pueden siquiera escupir al rostro. Y Miñón-los-pies-chicos es semejante a todos ustedes: no puede sino despreciarme. He pasado noches enteras jugando a eso: provocar sollozos, llevarlos hasta los ojos y dejarlos ahí, sin que revienten, de modo que por la mañana tengo los párpados enfermos, de piedra, duros, dolorosos como después de una insolación. Desde los ojos, el sollozo podría haberse derramado en lágrimas, pero ahí se queda, pesando sobre mis párpados como un condenado contra la puerta de un calabozo. En esos momentos es cuando siento particularmente una pena muy grande. Luego, le toca nacer a otro sollozo, y luego a otro. Me trago todo eso y lo escupo en carcajadas. Entonces, mi sonrisa, lo que otros van a llamar mi intrepidez en la desgracia, no es ya más que la necesidad, más fuerte que todo, de que se agite un músculo para liberar una emoción. Finalmente, se conoce lo suficiente la tragedia que se encierra en cierto sentimiento obligado a tomar prestada su expresión al sentimiento contrario, para rehuir a los esbirros. Se disfraza con los oropeles de su rival.
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Genet, Jean, Nuestra señora de las flores
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