Descend lower, descend only
Into the world of perpetual solitude,
World not world, but that which is not world,
Internal darkness, deprivation
And destitution of all property,
Desiccation of the world of sense,
Evacuation of the world of fancy,
Inoperancy of the world of spirit;
This is the one way and the other
Is the same, not in movement
But abstention from movement; while the world moves
In appetency, on its metalled ways
Of time past and time future.
— Eliot, T.S., “Burnt Norton”, Four Quartets
Time past and time future
Allow but a little consciousness.
To be conscious is not to be in time
But only in time can the moment in the rose-garden,
The moment in the arbour where the rain beat,
The moment in the draughty church at smokefall
Be remembered; involved with past and future.
Only through time time is conquered.
— Eliot, T.S., “Burnt Norton”, Four Quartets
Ahora mismo… cierro los ojos, como Uña de Oro cargo la frente sobre el dorso de las manos… pero no duermo. Pienso que es triste no saber a quién matar.
De pronto el choque del cubilete de los dados revienta en mis oídos como la descarga de un revólver, levanto la cabeza y revuelvo una saliva de veneno. La vida continúa siempre igual adentro y afuera, y este silencio es una verdad, un intervalo donde descansa nuestra expectativa de una mala noticia, ya que es necesario aguardarla siempre, aguardarla siempre en el desconocido que entre inopinadamente al café o en el tembleque de la campanilla del teléfono.
Jugando a los naipes o al dominó, volteando dados o una moneda, bajo la apariencia de olvido persiste una constante tensión nerviosa, una especie de ‘alerta está’, vigilancia inconsciente, sobresalto imperceptible que mueve permanentemente los párpados y las pupilas, en un soslayar siniestro.
Ningún desconocido al entrar a este café escapa a ese examen, tendido en invisible abanico de noventa grados, sobre el círculo de los naipes o las geometrías blancas y negras de las fichas de dominó.
Cuando no se juega, los mentones descansan engastados en las palmas de las manos. El cigarrillo se consume lentamente en el vértice de los labios… y entonces… cuando menos se espera aparece el sufrimiento sordo, una como nostalgia de las entrañas que ignoran lo que quieren, arrugan las frentes, ¡ah! cómo explicar esta desesperación, nos lanzamos a la calle, vamos hacia los departamentos donde nunca falta una atorranta con la cual acostarse, y desfogar babeando en un mal sueño este dolor que no se sabe de dónde viene ni para qué.
Y es que todos llevamos adentro un aburrimiento horrible, una mala palabra retenida, un golpe que no sabe donde descargarse, y si el Relojero la desencuaderna a puntapiés a su mujer, es porque en la noche sucia de su pieza, el alma le envasa un dolor que es como desazón de un nervio en un diente podrido.
Y cuando este dolor, que ellos ignoran con qué palabra se puede nombrar, estalla en un corazón, el que permanecía callado barbotea una injuria, y por resonancia los otros también responden, y de pronto la mesa que hasta ese momento parecía un círculo de dormidos, se anima de injurias terribles y de odios sin razón, y sin saber cómo surgen agravios antiguos y ofensas olvidadas. Y si no llegan a las manos es porque nunca falta un comedido que interviene a tiempo y recuerda con melifluo palabrerío las consecuencias de la gresca.
— Arlt, Roberto, Las fieras
Cómo explicar este fenómeno que deja libre la inteligencia, mientras los sentimientos embadurnados de inmundicia, nos aplastan más y más en toda renunciación a la luz. Por eso la mala palabra nos muequea en la jeta, y para cada rostro de mujer la mano se nos crispa en una tentación de cachetada, porque junto a nosotros no se encuentra aquella, la preciosísima que nos destrozó la vida en una encrucijada del tiempo que fue. ¿Para qué hablar? Si todo lo dice el silencio de sombras que entolda el bar amarillo, donde se inclinan las cabezas que ya no tienen esperanzas terrestres. Fieras enjauladas, permanecemos tras los barrotes de los pensamientos residuos, y por eso es que la sonrisa canalla se despega tan dificultosamente del semblante encolado en una contracción de aburrimiento perrero.
Los días son negros, las noches más encajonadas que los calabozos.
— Arlt, Roberto, Las fieras
La multitud, es menester reconocerlo amplia y francamente, no nos interesó nunca. Declaro orgullosamente que siempre desprecié al gran público; pero, como a la chusma hay que civilizarla y nosotros, los dioses, no podíamos permanecer continuamente en la altura so pena de desinflarnos, condescendimos a interesarnos en las masas y darles noticias de nuestros descubrimientos en el mundo de la belleza. Sin embargo el público (la eterna bestia) insistió en no leernos, en ignorar nuestra existencia. Los periódicos donde trabajaban nuestros amigos batían platillos y tambores, y quieras que no, los habitantes de este país agropecuario tuvieron que enterarse de nuestra existencia.
Muchos padres de familia se espantaron al conocer nuestros propósitos, reñidos con la buena costumbre de sus pensamientos, y a pesar de que hicimos fe de celosos católicos, el propio arzobispo nos excomulgó por heréticos y cizañeros, acusándonos de peligrosos para todos los que tenían por canales devotos.
— Arlt, Roberto, Escritor fracasado
Finalmente llegué a convencerme:
No tenía nada que decir. El mundo de mis emociones era pequeño. Ahí radicaba la verdad. Mi espíritu no se relacionaba con los intereses y problemas de la humanidad, ni con la vida de los hombres que me rodeaban, sino con algunas ambiciones personales, carentes de valor.
Mi misma disconformidad con el medio en que actuaba, era simulada. Siendo sincero, cínicamente sincero, la sociedad en que me desplazaba me parecía muy bien estructurada para satisfacer materialmente las necesidades de mi egoísmo. Cuando el arzobispo me excomulgó, posiblemente tenía razón porque su religión se me daba un pepino. Cuando me acerqué a los obreros, mi impulso fue artificial, era un gesto, y yo no puedo afirmar honestamente que se me importe algo que los obreros estén bien o estén mal. ¡Allá ellos y sus problemas! Les estoy profundamente agradecido de que me hayan rechazado, porque si no, vaya a saber cómo, por un impulso de vanidad estúpida me hubiera complicado la existencia.
Soy un burgués egoísta. Lo reconozco. De allí que nada alcanza a indignarme seriamente. Ni lo bueno ni lo malo. Tampoco experimento un ardiente afán de deslumbrar a mis prójimos. Si he dicho en alguna parte que sufría cuando no podía escribir, es mentira. Me he apartado de la verdad para adornar mi personalidad con un atributo que pudiera tornarla interesante.
Mi vanidad me ha molestado durante cierto tiempo. No lo negaré. Pero también mi vanidad se satisfacía comprobando que la insuficiencia mental de los otros hombres, incluso los que triunfaban, era mucho mayor que la mía.
Actos buenos o malos los he ejecutado para distraerme.
Los que triunfaban de buena ley me eran odiosos durante cinco minutos. Mis sentimientos vibran tan escasamente que no puedo odiar ni amar a nadie, sino en el espacio de un tiempo muy breve. Luego amanece en mí una indulgencia irónica, burlona.
Quiero desnudarme por completo.
Me siento dichoso de ser así, estéril, medido, seco, amable. Tengo el orgullo de pensar que en mi personalidad se puede estrellar el infinito, sin dejar fijada ni una sola de sus partículas de inmensidad.
A veces una ráfaga de rabia me enturbia las pupilas, luego me encojo de hombros. Sustituyo el odio con la antipatía, y la antipatía con la indiferencia.
Tanto es así, que he reemplazado mi indiferencia de no enterarme de nada por aquella indiferencia un poquito más sutil, política e irónica de elogiarlo todo. Lo bueno y lo malo.
No dejan de aproximarse malvados que aspiran a regocijarse en el espectáculo de mi fracaso, y desean aquilatar hasta qué grado me encuentro amargado. Para buscarme la lengua hablan despectivamente de otros que trabajan infatigables. Mas yo los desconcierto diciendo:
-¡Cómo! ¿Fulano le parece un mal artista? Estás equivocado, querido. Es de los buenos, y de verdad…
Desafío a que haya alguien que sepa sacar mejor partido que yo de las intenciones abortadas, de los ensayos manidos y de las cegueras y cojeras de sus prójimos.
Observo entonces, con placer, que aquéllos que me suponían agriado se retiran consternados, sin saber cómo clasificarme.
Y así pasan los años. De mi ineptitud se desprende una filosofía implacable, serena, destructiva:
-¿Para qué afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?
Y yo sé que tengo razón.
— Arlt, Roberto, Escritor fracasado
Como otros de mis compañeros, me quise acercar a la clase trabajadora. No negaré que se me ocurrió que al asumir semejante actitud, yo le hacía al proletariado un extraordinario favor. ¿Quiénes sino nosotros (según decíamos) podíamos orientar a la clase obrera hacia la resolución de sus problemas? ¿No constituíamos algo así como la sal de la tierra proletaria?
A las primeras de cambio algunos obreros fantásticamente instruidos, ayudados por su terrible dialéctica marxista (que aún no la entiendo claramente por ser tan complicada) trituraron nuestros conceptos y mi literatura, y sin pelos en la lengua nos tildaron de ignorantes, vanidosos y oportunistas y chiflados. Por si acaso lo que pensaban de nuestro gremio no resultaba claro, me dieron a entender que el mayor placer que ellos podían experimentar algún día, era mandar a todos los vagos de mi catadura a cortar leña en los bosques o cargar bolsas de maíz y trigo en las colonias colectivas.
Trágico destino el nuestro. Primero excomulgados por el arzobispo, después anatematizados por el proletariado.
Durante algunos meses odié ardientemente al sucio proletariado y a su espantosa dialéctica. Lamenté que en el país no se hubiera implantado el régimen fascista.
Allí estaba nuestro lugar. ¿Quiénes sino nosotros podíamos preconizar una sólida expansión nacionalista y poner nuestra pluma al servicio de la patria y la bandera?
Un día reparé que pensaba tonterías. Nosotros los literatos estábamos mal en todas partes. Incluso para ser los lacayos de alguien y lustrabotas de todos se necesitaba cierto talento natural que en el clima de estas latitudes no prospera con la jugosidad necesaria.
— Arlt, Roberto, Escritor fracasadoNo me faltaba razones muchas veces para ser acre y justo, pero la justicia en un temperamento como el mío, es casi siempre un pretexto para dar salida a los apetitos más ruines y a los instintos más bajos. — Arlt, Roberto, Escritor fracasado
Ya ven, no soy humanamente nada. Esa certidumbre me causa un desconsuelo profundo. Sé que no soy nada pero no puedo resignarme a la evidencia. Y entonces me digo: ‘Es necesario que hable, que hable aunque todos los que me escuchen sientan deseos de crucificarme o escupirme la cara. ¿Qué me importaría en ciertos momentos que me crucificaran? Hace tanto tiempo que estoy triste, que comprendo que aunque me quedara ciego llorando mi desventura no se reduciría un adarme; necesitaría los años de otra vida para llorar mi existencia despedazada’. Y esta realidad se escondía bajo el pecho del hombre que amaba a los dioses y se creía un prójimo de ellos. En el lugar de un corazón jugoso quedó una fruta amarilla, más ácida que un membrillo. — Arlt, Roberto, Escritor fracasado
Yo dudaba. Dudaba de mí… pero los otros… había bestias que no dudaban de sí mismos. Escribían de sol a sol, ciegos, sordos, pujantes como toros. Y yo no alcanzaba a ser ni una orquídea… el mismo invernáculo me mataba. ¿Qué era entonces? ¿Hacia que dirección del horizonte mirar?
Momentos hubo en que anhelé que todos los escritores de la tierra tuvieran una sola cabeza. Qué magnifico entonces destrozar esa única cabeza a martillazos, abrir una fosa en cualquier desierto, sepultar bien profundamente el amasijo humano y exclamar a voz en cuello:
-¡La literatura no existe! ¡La maté para siempre!